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Idiomas en vias de extinción

El primer dato que se suele dar a la hora de hablar sobre la variedad lingüística en el mundo es la existencia de multitud de idiomas, la cual sobrepasa los seis mil.

Según datos de la UNESCO publicados en el año 2002, este número se vería reducido en un tiempo no muy lejano casi a la mitad. Normalmente, a la hora de hablar de lenguas muertas se toma como ejemplo al latín y la forma en la que dio lugar a las lenguas romances, desde el portugués hasta el rumano.

Sin embargo muchas lenguas desaparecerán de una manera más traumática. El fenómeno de la extinción es una constante en el estudio biológico. Muchas especies se encuentran en peligro de extinción por diversos motivos. La desaparición de su ecosistema o la influencia humana son sólo dos de la diversidad de causas que se podrían enumerar.

Tal y como pasa con las especies animales o vegetales, los idiomas no son inmunes a los cambios de su entorno. Cualquier idioma es una respuesta a diversas constantes que le dan forma. Una gran influencia puede ser la geográfica, que puede aislar a los hablantes de un idioma determinado, o también favorecer la relación entre

Otro aspecto que tiene una gran influencia en un idioma son los cambios sociales y políticos. En relación a esto cabe destacar por ejemplo las migraciones tanto internas como externas. Por ejemplo, comunidades que experimentan  un éxodo de las capas más jóvenes a zonas urbanas, pueden convertirse en comunidades envejecidas, en las que la supervivencia del idioma no está garantizada.

En este sentido cabe destacar a los tres países americanos, Estados Unidos, Canadá y Brasil, en los que un mayor número de idiomas está al borde de la extinción. Este concepto se podría definir como aquellos idiomas en los que solo un número limitado de personas mayores lo utiliza de primer idioma. La mayoría de ellos provienen de comunidades aborígenes en los que las generaciones más recientes se han decantado por el inglés, el francés o el portugués.

Así pues, de los 182 idiomas que están al borde de la extinción en el continente americano, unos 70 se encuentran en los Estados Unidos, 21 en Canadá  y unos 40 en Brasil. Éstas estadísticas hacen que el continente americano sea el continente con un número mayor de idiomas en peligro de extinción.

Lo sigue de cerca Oceanía, en las que se encuentran en peligro unos 152 idiomas, en su mayoría provenientes de comunidades aborígenes en Australia.  Probablemente, la mayor integración de los aborígenes en sociedades con una tradición lingüística europea sea uno de los motivos más importantes para explicar estas estadísticas.

A bastante más distancia se encuentran Asia con 84 idiomas en peligro de extinción, África con 46 y Europa con 9.

Este número tan bajo en Europa es consecuencia de la estandarización que los idiomas europeos sufrieron a lo largo de los últimos dos siglos. Tal y como ejemplifica el hecho de que en 1880, un 80% de los habitantes de Francia no hablaba francés, sino distintos idiomas como el flamenco, el euskera, el occitano y un largo, etc.

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Acción y Reacción

La tercera ley de Newton es una de las leyes científicas de mayor calado. Cualquier  objeto al entrar en contacto con otro crea una reacción proporcional y contraria. Generalizando este principio, cualquier acción tiene una consecuencia, independientemente de si es contraria o no.

Y ello no es menos cierto a la hora de hablar de los idiomas. Tal y como pasa con cualquier elemento que en un determinado ámbito tiende a imponerse, el inglés se ha convertido en el idioma a aprender y, a la vez, el idioma al que resistirse.

Por un lado, la importancia que ha adquirido internacionalmente, tanto en el mundo de la tecnología como en el comercio, ha hecho que el interés en aprender inglés aumente de manera continua. Sin embargo por el otro lado, muchos idiomas se enfrentan a la influencia de la lengua inglesa de manera defensiva, tal y como es el caso en Francia o Alemania. En estos idiomas, el proceso de adaptación de palabras del inglés es considerado un elemento contaminador, con una clara connotación negativa. Y de esta manera se sataniza su influencia lingüística en el idioma autóctono.

Sin embargo, el desarrollo de la tecnología, ha traído también en el inglés un desarrollo considerable. La lengua de Shakespeare tiene una larga tradición en cuanto a influencias externas o coyunturales. Probablemente el ejemplo más importante sea la conquista normanda de Inglaterra en el año 1066 y sus consecuencias idiomáticas. Pero si nos fijamos en tiempos más cercanos, podemos encontrar diversos ejemplos en los que nuevos procesos e incluso marcas registradas han influenciado el vocabulario utilizado por los angloparlantes.

Así por ejemplo, la palabra “zipper”, que apareció como una marca registrada de botas con cremallera, ha terminado siendo utilizada para llamar a la cremallera en sí.

Pero éste no es un ejemplo único. Verbos como “to hoover”, “to xerox” o “to google” se han generalizado de tal manera, que han perdido su característica de marca registrada, convirtiéndose en palabras comunes para pasar la aspiradora, fotocopiar o hacer una búsqueda en internet.

Probablemente, la ausencia en el ámbito lingüístico inglés de un espíritu de supervivencia tan marcado como en otros idiomas, hace que éstas palabras se vean como un enriquecimiento, más que una pérdida de ciertos valores primigenios.

En cierta manera, incluso se celebra en algunos ámbitos la aparición de nuevas palabras. Cabe destacar en este sentido que el verbo “to unfriend” fuese considerado por el New Oxford American Dictionary la palabra del año en el 2009. Este verbo define la acción de eliminar de la lista de amigos del Facebook a alguno de los contactos.

Así pues, mientras que en los países angloparlantes la creación de estas palabras se ve como un aspecto lógico del desarrollo, en ciertos países, las connotaciones culturales y políticas del aumento de la influencia de países anglófilos se vea como un atentado a una determinada forma de vida, ejemplificada en un idioma.

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El idioma vivo

Un idioma es la consecuencia de una forma de vivir. Y por ello se convierte en un ser vivo. Con su propio nacimiento, su propia vida y en cierta forma su propia muerte. Naturalmente dadas las características de cualquier idioma, cada evento citado no tiene un momento concreto y definido. Se diluye en un pozo de grises que solamente nos permite distinguir cada estadio después de cierto tiempo.

Podemos pensar en muchos ejemplos, pero pocos tan claros como el latín. Después de su nacimiento y su auge  paralelo al poder del imperio romano, el latín evolucionó de manera tan drástica em distintos lugares que su muerte dio lugar a una familia entera de idiomas, las lenguas romances.

Así pues, cada idioma está abierto a distintos condicionantes como el contacto con otras lenguas, la evolución política del entorno e incluso el desarrollo tecnológico. Y es este último punto el que tiene un impacto considerable en cada idioma. En el castellano, la adaptación de palabras como almohada o aljibe, se dio dada la ausencia de dichos objetos en las culturas cristianas en contacto con el mundo árabe a lo largo de la edad media en la península ibérica.

Hoy en día, el desarrollo tecnológico ha traído y aún trae consigo un desarrollo considerable de los préstamos de palabras. Actualmente, sobre todo del inglés. Palabras aceptadas en mayor o menor medida. Concebidas como más o menos correctas. Verbos como “to click” o “to reset”, utilizadas de manera generalizada en la informática, no han querido aceptar su traducción al español y han dado lugar a la utilización de verbos como “clickear” o “resetear”.

Pero el español es un idioma que presenta cierta reticencia a la hora de aceptar palabras extranjeras, sobre todo comparado con idiomas como el francés o el alemán. El uso de palabras inglesas en estos idiomas ha traído consigo un debate encendido en distintos ámbitos.

Este debate incluso ha tenido repercusiones legales en Francia. Sin ir más lejos, la ley Toubon, aprobada en 1994. Ésta pieza de legislación promulga el uso del francés en  el ámbito oficial, publicidad, en ámbitos laborales y otros contextos determinados. No se inmiscuye sin embargo, en el ámbito privado, pero demuestra a las claras la actitud del gobierno francés con relación a la protección del idioma oficial. Así mismo se podrían citar leyes que ponen límites a la música en otros idiomas que se puede escuchar en las radios y que reservan un 40% del tiempo a canciones en francés.

En cierta forma esta actitud frente a la influencia de idiomas extranjeros intenta evitar de manera consciente la desaparición del idioma a largo plazo. Casi podríamos hablar de medicina idiomática.

Quedan, no obstante, abiertas  las preguntas de si ello es positivo, necesario, e incluso si estas medidas llegarán a tener éxito. Sin embargo las respuestas no las conoceremos hasta dentro de muchos años. Probablemente, demasiados años para nosotros.

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